3 nov. 2010

Largos dedos aprietan una a una las teclas, desencadenan una preciosa melodía que logro distinguir en lo más profundo de mi alma. La melodía, su melodía, nuestra melodía.


Notas doradas que se elevan esparciéndose por el aire de una ciudad a oscuras. Todos duermen, las persianas bajadas velando por los sueños de niños y mayores.

Sé que sigues ahí, lo sé por el modo en el que el aire me acaricia la nuca, por el asombroso olor a perfume que aún respiro en nuestras sábanas después de haberlas lavado un par de veces, por el nudo en el estómago que tengo cada vez que abro esta puerta.

Es increíble, que después de todos estos días transformados en algunos meses aún llore por ti, por mí, por lo que pudimos llegar a ser.

La vida es un tramo injusto en una carretera mal señalada.

Pedazos de recuerdos se amontonan sobre la mesa, al lado del vaso de champagne medio vacío, y gotas saladas secándose sobre un papel en blanco.

La música cesa, los recuerdos se desvanecen, tú te desvaneces entre mis dedos como todas esas notas.

Largos dedos descansan sobre teclas negras y blancas...

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