27 jul. 2011

Tus ojos me miraron desatando tormentas en mi interior, eran fieros, casi como los de un tigre acechando a su presa, brillaban con intensidad y recorrían cada parte de mi cuerpo, como si estuvieras desnudándome y comiéndome sin apenas rozarme.
Quedé estática, ni siquiera pude apoyarme en la pared para mantener la compostura, las extremidades inferiores se negaron a recibir órdenes, y el cerebro mandaba demasiadas equivocaciones.
Parpadeé intentando borrar tu imagen de mi mente, no quería recordar esos ojos de por vida.
Un grito escapó de mis labios ¿o fue solo en mi cabeza?, y al momento, decenas de estrellas fugaces surcaron el cielo, estaba atrapada, me habías embrujado y ni siquiera intenté huir.
¿Por qué yo? Me pregunté cuando acabé de ver el espectáculo que se abrió ante mi. Una sonrisa apareció en tu cara, dotándote de esa picardía que consiguió volverme loca.

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